El sol empezó a descomponerse ante sus ojos. Inquietantes naranjados se entrecruzan con el relumbro del viento invernal de su pueblo, el cual juega con la incandescente luminaria del firmamento. Su lugar está en todos lados menos en el candor artificial de la ciudad, aquel panteón oscuro que con sus pesadas alturas asuelan la posibilidad de que sus manos, cubiertas de colores zigzagueantes, tomen decididamente camino. Algo habrá que hacer, ¿Verdad?
Caminar hacia aquél estrecho azul zafiro del empíreo. Besar la cumbre, que tan lejana estaba.
No deshojar más estas horas.
Caminar hacia aquél estrecho azul zafiro del empíreo. Besar la cumbre, que tan lejana estaba.
No deshojar más estas horas.
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