La piel brillante, mis amigos andaluces tropiezan rabiosamente felices por la mañana encendida. Me escucho en el canto, en la fresca ventisca. Todo se ha calmado. Caminamos entre los comercios ambulantes, que todos los sábados despiertan en las calles. Fieles como nosotros a los aires embebidos de tierra y ambar. Deambulan las voces como miradas, como pies y manos.
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