lunes, 25 de abril de 2011

Mal tiempo.

Tocando superficialmente el borde de la copa de vino, sus ojos se sitúan en el tramado del mantel, finamente pintado con aquellas oleosas texturas.

Sintió la angustiosa e imperiosa verdad, entrelazándose con el tintineo de aquel cristal. Una vez más se sacudía su mundo. Una vez mas debería implementar aquél cuchillo, volver a ensangrentar sus manos, para luego poder lamer la sangre. De su herida, del suelo y de su sien. Dolorosa y temblorosa proclama infanticidio, caos y mentiras.

El matar todo lo que conmueve, como todo lo que a fin y al cabo termina doliendo, es el peso más profundo de su espalda. El no querer aprender a soltarse, el huir a la huella tacita de su presencia, el aborrecer hasta su sombra. Todo eso, deambula en aquel néctar, que a este paso cercano al infierno, es sacudido imperiosamente en la copa.

¿Que te pesa de lo ya denominado “pesado”?, ¿Creerte el mas cauto y ser el mas rengo a la hora de correr lejos las desventajas?.

Mirate, prevaleciente guerrero. Solo te convertirás en estatua así, y recibiendo de a poco aquello que llamas gloria; solo lograrás susurrarle al viento aquellas batallas con desmerecidos honores. Ya no habrá decoros que te vistan, ni elogios que te acompañen ni denominaciones de libertad y revolución que te identifiquen.

Siempre disculpándote de tus tiempos, mientras sacudís frenéticamente ese circulo, esa clamada suavidad. Aquella que será condescendiente, tu única compañera.

La soledad del tan aclamado temperante, es la soledad del cobarde.

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