Siendo fiel al momento recóndito, donde se encuentra reposada su alma, se apoya suavemente sobre el vidrio de la ventanilla del vaivén, de su propio vaivén.
Logrando un acople casi perfecto de su respiración para con lo que observa a la lejanía.
Campos sembrados de vías que no tienen principio y fin, se contrastan con las espesas nubes que proclaman el preludio de una tormenta orquestal. Los coristas vagabundos, adormecidos por el frío que corre en los pasillos, se embelesan con sus propios cánticos, serpenteando la animosa tempestad. Sin perder el tempo de aquél vaivén, por un instante todas las miradas se entrelazan, cayendo sobre sus hombros. Apresando toda mera existencia en el silencio del lenguaje.
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