Parada en puntillas de pie, agudiza la mirada al clavar, uno por uno, los interminables alfileres sobre aquel campo nocturno. Están tan cerca que el frio del espeso vidrio transparentado se empaña casi constantemente. Pero sus miradas persisten, pese a la distancia, al hambre y a esos alfileres tan lastimosos que ella clava cada tanto. Casi con dolorosa locura, como si esos alfileres fueran a prevalecer erguidos en aquel duro vidrio.
Lo que no se ve, ni siquiera palpita por el otro, es que ella con dedicada estrategia busca como un gran detallista doblegar aquel frio vidrio con astucia, pero tan torpe como sus manos recordando piel.
Le atemorizan las ideas ridículas y lastimosas, como pensarse tomando carrera para golpear con su cuerpo aquel vidrio. Decide tomar conciencia cuan artesano, y palpar con su inteligencia, rodear los bordes de aquel espesor, probar mil veces con la terquedad de clavar la fina hilera de alfileres. Artilugios imposibles. Una y otra vez.
El por su lado, solo se acerca cada tanto, cuando ella persiste en la dulzura de acercarse luego de haber clavado los alfileres, y apoya sus labios y su cuerpo contra aquel vidrio, como si quisiera brindarle calor.
Su cuerpo vibrante diambula en estados taciturnos, casi omnipresente. Solo altercando miradas con ella, y hablandole en un lenguaje casi silencioso.
Se quieren, sí, a pesar del vidrio, a pesar del miedo a ser. Lo peor de todo es que ninguno de ellos lo sabe, o reconoce verdaderamente.
No quieren ver que aquél vidrio solo consigue prevalecer en su imaginario. La excusa del temeroso.
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