La eterna madre noche que sube a mis pies, ha de proclamarme el descanso. Me envuelvo así en el manto albiceleste, hermano de palabras y de estrellas. Adormezco al fin besando sueños de sabanas, para desprender un poco la ironía, la falta de aquello. Aquello que ya no hay, que no existe.
Hoy estoy aquí, sumergida en este sereno y solitario océano, sonriendo a pesar del hastío que veo revolcarse en las tías arenas del desierto, una vez más.
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